miércoles, 1 de septiembre de 2010

Filosofía dialogal y visibilización de nuevos sujetos en Costa Rica

Hermann Güendel


Resumen

El siguiente ensayo contiene la reflexión introductoria sobre la importancia y alcances que para la filosofía costarricense no eurocentrada tiene, actualmente, la aparición de nuevos sujetos significativos como actores contra hegemónicos dentro del escenario de relaciones de poder vigentes, presentando la propuesta de desarrollar un hermenéutica de las nuevas intersubjetividades, así como la necesidad de un nuevo enfoque transdisciplinario que, desde la filosofía, de lugar a una epistemología otra favorecedora de la configuración de un nuevo sentido común; a esta epistemología otra propongo que se le trate como transcognitiva, es decir sintetizadora de la ecología de saberes.
Palabras clave
Sujeto-actor, Transcognitivo, Filosofía dialogal

“El ojo que ves,
no es ojo porque tú lo miras,
es ojo porque te ve”,
Antonio Machado.

1. La transición hacia un nuevo régimen de significados del mundo
En la década de los 90, las relaciones sociales modificadas por el modelo neoliberal de acumulación por desposesión, propiciaron la constitución de los grupos etarios, mujeres, indígenas, migrantes y homosexuales en sujetos/actores significativos dentro del escenario de relaciones sociales vigente. Organizados en colectividades, se convierten en co-gestores de nuevos regímenes socio-culturales de poder, ser y pensar. Esto ha significado un cambio profundo en el enfoque que sobre el tema del sujeto se había realizado en Centroamérica y en Costa Rica, en particular, desde la década de los 80.
El impacto de la guerra civil y los conflictos de baja intensidad diseñados por la hegemonía de los Estados Unidos, obligaban a una enunciación desde un lugar epistemológico en el que el sujeto se constituye a través de su participación en el escenario específico de lo político, de esa manera, como lo ha señala Hinkelammert:
“… la discusión sobre el sujeto, sobre el ser humano en cuanto sujeto… tiene mucho que ver con la crítica a un concepto de sujeto que es anterior, el concepto del sujeto social, como clase o movimiento popular, unido a la concepción de clases y movimientos como sujeto de cambio o revolución.”
El fin de la guerra civil centroamericana propició particularmente la superación del lugar de enunciación político y la necesidad de recurrir a nuevas conceptualizaciones que abordaran, como lugares de enunciación y estructuración coherente de discurso, la subsistencia del ser humano como significador de realidades , más allá de su posición como guerrillero, migrante, huérfano o sobreviviente de un genocidio.
Tras los programas de ajuste estructural en Centroamérica, las nuevas condiciones de existencia humana transforman las condiciones históricas de constitución del sujeto, ampliando las regiones donde este aparece y se constituye como significativo, o sea como actor fundamental en la configuración de un tipo específico de realidad.
Si el tema del sujeto en Centroamérica se asoció a la situación generada por las condiciones políticas de migración, represión, silenciamiento y genocidio que se vivieron en la guerra civil, las nuevas condiciones de existencia tras el final del conflicto y, la aplicación de los ajustes estructurales neoliberales en la región transformaron al ser humano de un sujeto que requería ser dignificado, en Sujeto que se dignificaba asimismo a través de la constitución de una nueva identidad y, la visibilización de sus necesidades como exigencias para un existir digno, que son propias a un ser humano concreto. El sujeto centroamericano de los procesos histórico-políticos de los 80, se reconstituye, en los 90, en un co-gestor de significados y de realidades, que llegan a alternativizar el régimen superestructural vigente de interpretación y valoración de la existencia social. El nuevo sujeto centroamericano aparece como actor contra hegemónico, no por el hecho de poseer un proyecto claro, sino por el hecho simple de visibilizarse a través de múltiples acciones reivindicatorias específicas. El cuestionamiento contra-hegemónico que estos nuevos regímenes de significado presentan en el escenario de la cotidianidad afecta los modos tradicionales de ser y pensar, provocando desarticulaciones tanto en los sentidos de ser o significados estructurados, como desfases en los imaginario nacionales, favoreciendo la aparición de nuevas temáticas de reflexión, así como el reconocimiento de la pertinencia de una epistemología otra que de cuenta, recuperando la coexistencia de saberes y de lugares de enunciación diversos, de la configuración de transiciones identitarias, los saberes autóctonos y participe dialógicamente en la formulación de mundos posibles.
1.1 El mundo como realidad histórica y régimen de significados
Todos los animales impactan la realidad que habitan con mayor o menor invasividad, sólo el ser humano la segmenta radicalmente con un régimen de significación, afirmación y negación que la configura en habitable, el mundo es una creación intencional compleja, compuesto por significados establecidos, relaciones de poder, totalitarismos epistemológicos y ontológicos integrales.
Lo real solo es significativo si tiene un régimen de valoración interpretación asignado, que confirme su estatus como real, sin ese régimen. La realidad se constituye en mundo al ser segmentada por significados humanos, enunciados desde lugares específicos de sentido tales como: clase, género, y privilegios de poder. Sólo es real lo que posee de un significado asignado.
El mundo es entonces una artificialidad de significados que se configuran por un impacto invasivo del hombre al crear de delimitaciones de sentido, intenciones y marcos de valoración e interpretación con los que asigna rangos máximos y mínimos de coherencia y compresibilidad, tan necesarios para sobrellevar la vivencia cotidiana de múltiples experiencias a las que nos enfrentamos. La realidad de nuestro mundo no es más que una construcción articulada de segmentaciones ónticas y totalitarismos epistemológicos; la confirmación de su verdad no depende de otra cosa más que de la fuerza de los argumentos que, con vehemencia, se utilizan para defenderla.
La significación de esos segmentos responde a la intención manejar instrumentalmente las realidades, de acuerdo a un proyecto y un sistema de mundo. La artificialidad del mundo como realidad histórica, es decir, como realidad sometida a relaciones de poder y lugares específicos de enunciación de sentido, no es espontánea o arbitraria, sino que manifiesta una racionalidad tan compleja que sólo podría ser comprendida, de manera completa, de un modo transcognitivo.
Las creaciones humanas sólo pueden ser ontológicamente solidas, si asociadas a la pasión humana, despiertan en nuestro espíritu el compromiso de hacerlas perdurables; sólo por la pasión del espíritu humano conservan su significado y, con ello, la posibilidad de su existencia, por encima, no de su desaparición, sino simplemente de su olvido. Con la crisis integral del sistema mundo capitalista que vivimos hoy en día, el régimen de sentidos de ser o significados, que han sostenido nuestra existencia con algún grado de coherencia y satisfacción, se precipita hacia su disolución, pues la compresibilidad de esos significados se pierde al perder su vinculación material con una realidad histórica específica, el crecimiento permanente de la económica capitalista. En consecuencia, el ser humano se encuentra en una situación de dispersión de sentidos de ser tan aguada que no le permite reorganizar esperanzadoramente su existencia.
La desarticulación del sistema mundo capitalista provoca que la región superestructural subsistente se enrarezca con sentidos incoherentes, produciendo una diversificación de significados que se visibiliza en conductas disfuncionales, de esta manera la centralización hegemónica progresivamente se des-estructura, Soto Rodríguez afirma al respecto que:
“… Se ha generalizado los comportamientos centrados en la sobrevivencia privada y familiar… teniendo una proyección tendiente más a lo micro que lo macro… han construido nuevos sentidos de interpretación …y construcción en la acción práctica… por eso despunta … un ideal de sociedad civil robustecida.. desde el desarrollo de modelos participativos que potencia la autogestión”
En este momento específico las condiciones de centralización hegemónica de valoración e interpretación se fragmentan, ofreciendo la posibilidad de estructuración de alternativas de significación, identidad y conducta tanto de sujetos particulares como a los colectivos que los agrupan. El sujeto sobrevive a la orfandad de significados, que ha generado la crisis del capitalismo, a través de la configuración de nuevos regímenes identitarios. Se abre así la posibilidad de un nuevo contexto histórico de realización, donde la racionalidad impuesta desde el lugar cientificista, que ocupa la primacía en la enunciación discursiva dentro del sistema mundo capitalista, se ve rivalizado por otros lugares que recuperan saberes otros, tanto tradicionales como novedosos, gestados por nuevos sujetos tanto como por sujetos recientemente visibilizados gracias a la desarticulación de sus condiciones materiales de vida y a la exigencia de la defensa / reconfiguración de sus derechos de existencia.
Nos abrimos entonces a una nueva época dentro de la historia de las sociedades capitalistas que se dirige hacia una configuración diferente del mundo y de su régimen de compresibilidad interpretación, época que no puede, a mi juicio, tener otra perspectiva de sentido que no sea el de la utopía postcapitalista .
1.2 La aparición de nuevos sujetos-actores en el escenario socio-cultural.
Cada vez con más osadía, los que antes eran invisibilizados por su género, preferencia sexual, estatus migratorio, o “raza”, se reivindican a sí mismos recobrándose como sujetos, con la fuerza de aquellos que, siendo libres, se atreven a soñar el sueño de los hombres despiertos; la conciencia se despojan de sus ataduras, forjan ideales, y apasionan la voluntad humana con la utopía de la dignificación.
En Costa Rica la transformación de grupos etarios, homosexuales, migrantes y mujeres en sujetos/ actores, ha implicado que la reivindicación de su dignidad como seres humanos concretos pasa de ser una voz que se emite, por otros, a su nombre, a una voz que emiten a nombre de otros, bien lo observa en ese sentido Horacio Cerruti:
“El oprimido, el hombre que sufre dolor, miseria…el que se nos presenta como el otro… es el que toma su cargo la misión organizadora de imponer la alteridad como condición esencial del hombre”
Debe tomarse especial consideración en el caso costarricense el impacto indudable que el inmigrante nicaragüense ha tenido sobre el imaginario específico nacional y sobre las relaciones generales de poder y de convivencia. Desde la década de los 80, es decir, desde la llegada al poder de los sandinistas y el inicio de la contrarrevolución, Costa Rica se convierte en receptor de la migración masiva de nicaragüenses, sosteniéndose esta condición, hasta este momento, por factores estructurales en ambos países, que generan, para el nicaragüense, el imaginario particular de una región de oportunidades para mejorar sus condiciones materiales de vida .
El inmigrante nicaragüense ha impactado radicalmente la sociedad costarricense transformando no solamente el imaginario nacional, sino también particularidades estructurales de este, introduciendo valoraciones y representaciones, pese a ser objeto de una “inserción excluyente”, es decir, de una integración a la sociedad a través de una victimización que lo reducen simbólicamente.
El inmigrante nicaragüense esta sometido, dentro de la sociedad costarricense, a un trato xenofóbico, que autoriza su explotación como fuerza de trabajo y su reducción a objeto de burla. Esa inserción excluyente resulta ser provocada estructuralmente por el imaginario nacional costarricense, ya que genera la representación del costarricense como un sujeto excepcionalizado del resto de Centroamérica, a tal grado que se considera a sí mismo como un visiblemente diferente en términos de “raza”, cultura, inteligencia y belleza física. Estructuralmente, el imaginario nacional costarricense convierte al “Tico” en una construcción ideológica delimitada por prácticas de segregación, cuyo primera víctima/objeto, hasta la década de los 80, fue la población negra de la región atlántica costarricense. La xenofobia con la que actualmente se victimiza al migrante nicaragüense no es más que una sustitución del sujeto al que se refería el marco valorativo racista, conservando los conceptos que lo constituyen, de esta manera, a partir de la década del 90, se habla del nicaragüense del mismo modo en que antes se hablaba del negro en Costa Rica.
Esto ha generado la necesidad un proceso de resistencia por medio de la unificación de los migrantes tanto en espacios específicos, como en comunidades diferenciadas, quienes reconstituyen su condición de dignidad al colonizar un espacio físico identificable, que pasa a ser una alternativa de convivencia. Los inmigrantes reconfiguran de modo satisfactorio, las condiciones de existencia que enfrentan, creando, dentro de las ciudad, un ámbito de aceptación de su presencia como sujeto poseedor de otra cultura, efectivamente diferenciable. Con ello presionan, contra-hegemónicamente, a la sociedad en dirección al reconocimiento de la diversidad como nueva identidad nacional costarricense.
Los nuevos sujetos/actores han encontrado en la constitución de colectividades, o sea comunidades diferenciadas por ser co-gestoras de identidad y sentidos, mecanismos de resistencia y espacios de dignificación, ya que no sólo vivencian el regreso a una interacción social satisfactoria, sino que además se encuentran en el centro de esa interacción como actores, es decir como sujetos dignificados. El colectivo se convierte en negación de su invisibilizacion y en espacio de reconfiguración de su identidad, en tanto que como co-gestores de identidad, ofrecen espacios de resistencia tanto a la exclusión simbólica que los degrada por medio de usos peyorativos de lenguaje y ridiculizaciones, así como a la asimilación excluyente que los reduce a la marginalidad cultural, laboral, habitacional.
2.0 El efecto contra-hegemónico de los nuevos sujetos: nuevas identidades, nuevas colectividades.
El reconocimiento de la diversidad permite enriquecer e interpretar la complejidad del mundo desde una alternativa reivindicadora, separándose de los lugares de enunciación existentes en el capitalismo neoliberalizado, se constituye así una lectura alternativa post-capitalista, no por responder un proyecto político, sino por descentrar las relaciones de poder que sujetan al ser humano a una homogenización forzada de conductas, valoraciones e interpretaciones.
El capitalismo es tanto un régimen de explotación del ser humano como fuerza de trabajo, como un régimen de centralización conductual y valorativa, por eso, toda forma conductual de reivindicación que desarticule esa centralización resulta ser profundamente postcapitalista. Aunque no sea, políticamente hablando, alternativa al capitalismo como sistema económico, sí lo es como sistema de “convivencia” social. En ese sentido afirma Dussel:
“los llamados nuevos movimientos sociales… son organismos y estructuras inter subjetivas cuyos miembros… como colectivos irrumpen en, ante y contra, los sistemas o instituciones vigentes, en su lucha por reconocimiento, gestando nuevos momentos… para liberarse de aquello que les impide vivir inter subjetivamente de manera y a la vida humana”
El problema conceptual que se origina ahora con aparición de nuevos sujetos concebidos como actores en tanto son gestores de su propia significación, es que: si las identidades se configuran por medio de relaciones sintéticas de sentidos de ser superestructuralmente vigentes, para constituir una forma de ser reconocible, siendo que el sujeto es alguien en tanto materializa una identidad reconocible desde la incidencia heterárquica de sentidos o significados de ser estructurados, la gestión de nuevas identidades no se pueden consolidar alguna manera ser reconocible como parte de la cotidianidad.
Las identidades que dentro las colectividades aparecen con gestadas por nuevos sujetos/actores, no parecen ser realmente identidades sólidas, sino más bien pseudo-identidades que requieren de algún tipo de justificación para poder ser vividas, resultando ser frágiles, por esto es fácilmente observable la recurrencia a la “extravagancia”.
No se es alguien ausencia de otros, sino en comunidad con ellos, en la mirada que despertamos en otros, se refleja el valor que poseemos para nosotros mismos; en su ausencia, intentamos sustituir la falta de compañía, con algún acto que disimule nuestra soledad.
Si no encontramos una identidad consolidada el sujeto pierde su capacidad de ser reconocido como tal, resultando que su reconocimiento más que ser provocado por su visibilización, es producto de una concesión, que lo reduce simbólicamente a una condición de pseudo-sujeto: un ser defectuoso que en lugar de ser tolerado es simplemente disimulado, es decir, es objeto de un desprecio que se prefiere ocultar.
De esta manera, la identidad que los nuevos sujetos/ actores co-gestan resulta ser solamente comprensible de los colectivos que integran, pues dentro de ellos existen lo referentes de valoración e interpretación que los hacen comprensibles en la cotidianidad como manifestación de relaciones íntimas y filiales. Fuera de ese colectivo, el sujeto/ actor no parece efectivamente ser reconocido como ser humano, esto es lo que en el caso costarricense se manifiesta: sólo logra vivir su diversidad o bien en el ámbito de lo privado, o bien en el ámbito de la restringida compañía de seres sensatos que encuentran, en lo diverso, no una ruptura, sino una confirmación de la humanidad misma; fuera de eso el costarricense no vive su diferencia sino con inevitable sonrojo.
Esto ha significado que las nuevas identidades constituyan, dentro la cotidianidad costarricense, más que modos de ser ampliamente reconocidos, simples subterfugios de simulación de identidades, tan sólo comprensibles dentro los colectivos en los cuales los sujetos visibiliza dos se constituyen en seres humanos actores de su propia existencia.
Encontramos entonces que, si bien, los nuevos sujetos/actores han producido un efecto contra-hegemónico dentro de la estructuralmente tradicional sociedad costarricense, esto no han producido, aun, un nuevo régimen de sociabilidad tolerante, sino un régimen de sociabilidad de ocultamientos y disimulos, que aún sigue siendo conservadora en sus relaciones de poder, ser y pensar.
Una posible explicación es que la incidencia de los nuevos actores se encuentra mediatizada por condiciones de consolidación de identidad que aún se enuncian desde los lugares específicos y tradicionales de poder, ser y pensar, con lo cual la emergencia de nuevas identidades, tendientes a consolidación y dignificación de nuevos objetos visibilizados, se encuentra limitada por las condiciones de visibilización y dignificación que se encuentran, estructuralmente, presentes como nudos gordianos en el sistema de socialización impuesto por régimen de poder vigente en Costa Rica. Esto es lo que produce tanto el aislamiento, al interior de colectividades, de las nuevas identidades que se experimentan co-gestionalmente, como de las nuevas formas de ser que materializan en prácticas conductuales cotidianas.
Tenemos entonces que una identidad, efectiva dentro de la colectividad, resulta incomprensible para otra, o bien para sujetos de la comunidad estructurada del régimen tradicional de significados de ser impuestos, generando un fenómeno no solamente de incomunicación entre colectividades, sino además de incapacidad de unificación de esfuerzos en una dirección que sea globalmente dignificadora, pues éstos colectividades se visibilizan entre ellas de modo peyorativo, es decir como objetos de burla antes que como sujetos de reivindicación dignificante. Los excluidos excluyen mutuamente en función de los lugares de enunciación que recogen para la cogestión de una nueva identidad, a partir de los modos colonizados de poder, ser y pensar que subsisten estructuralmente dentro de la sociedad costarricense, pues la inteligencia humana no logra corregir las injusticias que no reconoce.
2.1 Distorsiones superestructurales e imaginario nacional costarricense
El imaginario nacional costarricenses, ante todo, una región del universo ideológico existente dentro la sociedad que incide como elemento determinador de su nacionalidad específica, a través de la definición de los rasgos más generales de la conducta ciudadana. La cultura es esencialmente resultado de experimentos de poder generados desde la sociedad política, hacia la sociedad civil, para precipitar la aparición de una identidad cultural dentro la conciencia del ser humano posteriormente llamado ciudadano, lo que se logra al hacer irrumpir la noción de patria y el consiguiente sentimiento de orgullo nacional en el ámbito de sus emociones.
Sólo puede hablarse de una identidad nacional sí la conducta cotidiana se encuentra condicionada por un imaginario nacional asimilado como marco general de juicio, interpretación y valoración de conductas posibles dentro de una realidad histórica específica. En ese sentido, el costarricense, más que una persona, es una práctica cívica específica.
La identidad nacional costarricense es el resultado intencional de puntualizar aspectos lingüísticos, religiosos, políticos y “raciales” predominantes en el valle central del país, como característica generalizada de todas las demás zonas. Bajo esta homogenización, el costarricense se prefigura de tal modo que se percibe asimismo como más culto, pacífico, piadoso, blanco, inteligente, que el resto los habitantes de Centroamérica. Esto conlleva a que las manifestaciones de identidad costarricense se encuentren profundamente permeadas por fuertes cargas de racismo, que hacen que se piense así mismo como un ser excepcional, que habita, a su vez, una región igualmente excepcional, produciéndose un efecto de doble orgullo: primero, sobre la región del mundo que habita, segundo: sobre sí mismo.
La presencia invasiva del inmigrante nicaragüense, poseedor de una identidad sólida que le permite, al formar un colectivo con otros inmigrantes, una fuerte resistencia a la asimilación excluyente que padece, provocando indirectamente un debilitamiento, por “contacto rutinario”, de las formas simbólicas de denigración, sin que esto implique su asimilación como equivalente. El marco valorativo e interpretativo por el cual el inmigrante es simbólicamente denigrado, empieza a debilitarse, no por su sustitución, sino por defecto de reiteración constante; la presencia del inmigrante hace que el marco que lo convierte en objeto de burla, pierda novedad, se vuelva rutinario, se torne aburrido y de un profundo mal gusto. Ese fenómeno ha empezado a provocar, muy lentamente, que los lugares de enunciación y conceptualización, como la diferenciación “racial” y “estética”, pasen a carecer de significado.
El imaginario nacional tiende entonces a distorsionarse, generando un impacto socio-político cuyo alcance puede materializar periodos de crisis de gobernabilidad, cuyos resultados son definitivamente inciertos, mas aun si se consideran las particularidades estructurales de la sociedad costarricense, pues la relación entre un imaginario y una identidad cultural es tan estrecha, que cualquier distorsión en aquel degenera la conducta ciudadana hasta la perversión de costumbres y la desmotivación política, lo cual, simultáneamente, degrada reflexivamente el imaginario mismo, hasta desvanecer el orgullo nacional bajo la forma de disolución de la imagen de patria en la mentalidad ciudadana. Lo que podemos observar en este momento es un “desfase superestructural”, no una “desarticulación de superestructuras” , cuyos alcances aún son difíciles de establecer, pero que ya generan conductas cotidianas diversificadas tantos en sus modos, como en sus significados.
3.0 La filosofía dialogal
La visibilización y la resistencia de los nuevos sujetos si bien presiona con gran brío al escenario de poder vigente en dirección a su reconocimiento dignificador integral, en el sentido de hacerlos seres humanos plenamente incluidos dentro del como equivalentes a los sujetos tradicionales, no tiene el mismo impacto sobre los modos de ser y pensar estructuralmente vinculados a la cultura nacional.
El fenómeno es tan complicado que los mismos colectivos resultan ser excluyentes de otros colectivos, siendo incapaces de lograr una confluencia de esfuerzos para el reconocimiento de diversidad. La posibilidad de diálogo inter- colectividades que favorezca la configuración de un frente único, capaz de penetrar los modos tradicionales de ser y pensar, provocando un cambio cultural integral, son muy limitados, no por falta de imaginación o creatividad, sino porque aplican, para su reivindicación, los mecanismos, restricciones y límites estructurales del escenario de poder vigente, que en el caso particular del capitalismo costarricense tiene, sin serle exclusivo, un lugar de enunciación de privilegio individualista. Esto explica tanto el fenómeno de incapacidad de inter-dialogal entre las nuevas colectividades identitarias.
Estructuralmente no existen condiciones para una confluencia en un frente único que presione, de modo integral,a la sociedad costarricense, porque no existen superestructuralmente las condiciones para la visibilización de la necesidad del diálogo como mecanismo de constitución de ese único bloque reivindicador y culturalizador. Coincidimos totalmente con Edgardo Pérez:
“la liberación de los oprimidos pasa también… por reconocimiento de su potencialidad de que puede generar un sistema de cultura y de resistencia alternativos al gran proyecto hegemónico… frente reconocimiento de la diversidad de identidades… se habla posibilidad de nuevas opciones en el terreno del conocimiento…” (Pérez 2005)
Nuestra propuesta de una filosofía dialogal consiste en el desarrollo de una hermenéutica de lo inter-colectivo, que de cuenta de formas transcognitivas de articulación de discursos de conocimiento, abriendo la posibilidad de una epistemología otra, para un nuevo sentido común social e histórico generado por los sujetos/actores en Costa Rica, para su reconocimiento integral y aporte reformador. El filósofo costarricense tiene en ese momento el inmenso reto de transformarse en facilitador del diálogo e interlocutor efectivo, promotor, tanto de una nueva visión integral del mundo, como de la consolidación de nuevas identidades que no requieran de alguna justificación para poder ser vividas dignamente. De Sousa Santos escribe en relación a ello, en su obra Crítica a la Razón Indolente:
“…que haga mutuamente inteligibles las luchas, y permita a los actores colectivos conversar sobre las presiones a las que se resisten y las aspiraciones que los animan” (De Sousa Santos, 2000).
La filosofía dialogal consiste en el reconocimiento de una racionalidad alternativa y de un proceder de configuración del discurso, que rompe con lugares de enunciación tradicional eurocentrados de hacer filosofía, mismos que siguen gobernando aun la producción de filosofías en Costa Rica, para lograr una protección efectiva transformadora y enriquecedora de la sociedad actual.
3.1 Hermenéutica de intersubjetividades
La fuerza de una verdad depende de los argumentos que se utilicen para defenderla, su estatus como un saber, más allá de aquello, depende de que sea eficaz para solucionar los problemas de la cotidianidad humana, siendo efectivo solo si constituye una herramienta para mejorar las condiciones materiales de vida del ser humano en el mundo.
En el acto final del macabro espectáculo de la intolerancia a lo diverso, el escenario vigente el poder en Costa Rica ha pretendido segregar lo humano por medio de su agrupación en diversidades, antes de consolidar la diversidad al agruparla en lo humano; el problema de identidad y la dignificación del sujeto identitario parte del reconocimiento de que ella nos permite ser algo ante otros, nos saca el anonimato, transformándonos en alguien que establece condiciones de contacto; la identidad se configura para entrar en comunidad como sujeto, no es por tanto una prerrogativa que se asigne bajo las condiciones que el poder establece, pues, como en su momento nos advirtió José Martí: “los derechos no se piden… se exigen, no se dan… se arrebatan”. El gran reto es crear una ruptura en la episteme, o matriz de pensar y valorar, vigente en Costa Rica, por medio de la configuración de una forma de pensar alternativa, en la cual el valor de la persona se reconozca por medio de su disociación de la noción ideológica de individualidad, permitiendo reconocimiento a su valor como sujeto significativo dentro de colectividades.
La individualidad es tan sólo una singularidad pervertida, su significado carece de referencia a la permanente relación con otros dentro de la que existimos. La individualidad no es posible como identidad efectiva, pues es efectiva solamente si es relacional o comunitaria, somos seres significativos dentro de colectividades, es decir dentro de comunidades que crean sentidos y definir identidades, es por ello que sólo podemos reivindicarnos como creadores de nuestro mundo, dentro de la colectividad. Sólo a través de la acción comunitaria se configura el nuevo régimen superestructural identitario que requerimos, los sujetos diversos, para reivindicarlos como significativos en nuestra relación con los otros.
3.2 Colectividades y relaciones de poder
En una obra Crítica De La Razón Indolente, a mi juicio una de las obras de mayor importancia para el desarrollo del pensamiento crítico latinoamericano, De Sousa Santos escribe:
“el paradigma emergente incluye todas las formas alternativas de sociabilidad… la eliminación del estereotipo… la autoridad compartida… la democratización… la cooperación y la comunidad afectiva.”(De Sousa Santos, 2000).
Los nuevos sujetos/ actores pueden incidir sobre el escenario vigente el poder en Costa Rica con un alcance extraordinario, que antes era impensable, ya que promueven la articulación de experiencias heterogéneas abiertas, desembocando un ideal de una sociedad donde los sujetos colectivos son reconocidos y respetados en su diversidad.
Esos nuevos sujetos/actores configuran, aún incipientemente, espacios sociales alternativos donde las relaciones de poder verticales se redimensionan a partir de la cogestión participativa en la consolidación de nuevas identidades y la visibilización de la diversidad, los colectivos de cogestión identitaria y de reivindicación humanista imponen, para Costa Rica, una agenda de configuración de nuevos espacios de participación y dignificación, contribuyendo al ideal de la reforma humanista de una sociedad profundamente tradicional.
Por supuesto que la tarea es ardua, porque aun en nombre de la libertad, unos cuantos esclavizan la dignidad de otros, proclamándose a sí mismos líderes de la sociedad y defensores de las buenas costumbre. Es más bien esclavo quien, pensándose libre, esta encadenado a la intolerancia, que aquel que, encadenado por la intolerancia, reclama respeto a su diversidad.
El disimulo ante la diversidad que hegemoniza la cotidianidad costarricense, no es aceptación de ella sino más bien discriminación, ya que obliga al sujeto a disfrutar de su diversidad en escondites, por medio de subterfugios y simulaciones.
El problema más serio, a mediano plazo, para la sociedad costarricense es el de permitir la consolidación de identidades alternativas, pues sin comunidad identitaria, la comunidad física se vuelve un desierto poblado por anónimos, que, deambulantes por una realidad que no los reconoce como seres humanos, sólo los deja entrever como criaturas amenazantes. En ese momento quien era alguien, se transforma en un algo, sin más opción que encerrarse en la prisión de su casa, escapando de ella tan sólo por medio del alcohol y la pornografía….la existencia humana se pervierte entonces con soledad.
La realización de una identidad dignificadora implica que, dentro de las relaciones institucionales de socialización, se habrá un nuevo escenario relaciones íntimas y filiales, cuya participación no se estructure egocéntrica mente, sólo de esta manera la convivencia se constituye en un ámbito de comprensión de la identidad y realización del sujeto, descentralizando las conductas posibles gracias a su desplazamiento por la emergencia de nuevas prácticas de identidad visibilizada; la realidad histórica deja de ser una región homogénea, constituyéndose en diversidad de regiones relacionales, cambiando la moral, la ontología y hasta la misma epistemología que regula la percepción de lo social. Albergo la profunda esperanza de que hoy la utopía es más posible que la realidad histórica constituida.
4.0 El colapso de sistema mundo capitalista y la utopía del humanismo absoluto de la historia
Décadas de tensa estabilidad en la realidad histórica, llevaron a nuestra conciencia al desprecio de una lúcida advertencia: la naturaleza no resistiría por mucho tiempo más su sometimiento a la pasión de la usura humana. El proyecto de mundo forjado por el capitalismo ha quedado sin asidero posible, y en su decadencia ha pervertido al espíritu humano.
Hoy, respirar el aliento de los demonios de la pasión y el desprecio no despierta placer alguno, como narrativa inhibidora se extiende, entonces, una sensibilidad se niega a la pasión de reasignar significados, desventurada nuestra conciencia ve a su mundo con una realidad agotada, deambula anónima por una realidad que no le importa; los sueños se fragmentan en ilusiones dispersas, el ser humano se desvincula de las relaciones constitutivas del mundo, las cuales, abandonadas, se deterioran. Hemos renunciado a la pasión por la vida, envilecidos por la perversión de la realidad histórica agotada, creyendo que esta, es el único mundo posible.
La vida es un de acto pasión; no es la muerte la que da significado a la vida, es la vida la que da magnitud a la muerte; se vive en la pasión de gestar significados comprensibles, de dar coherencia a nuestra realidad con nuestras posibilidades, el ser humano existe hoy en la incertidumbre del mundo: la orfandad de significados. Envenenado por la decadencia de un sistema mundo asimétrico y sacrificial, renuncia al alcance de su voluntad como re-significadora de sentidos, agotando toda esperanza entre escatologías ficcionales e inversiones de la relación entre la vida y la muerte.
El colapso del sistema capitalista provoca que nuestra existencia se desgaste entre objetividades agobiantes, la existencia se vuelve incómoda, se divorcia de la vida, pues es incapaz despertar la pasión suficiente para comprometer al espíritu humano en la creación de nuevos significados.
Existir es simplemente vivificar los significados de ser con los que nuestra cotidianidad adquiere alguna coherencia, pues la vivencia de experiencias diversas, dispersadas en espacios y tiempos inter-subjetivos, sólo se relacionan entre sí por sujeto que las vive; vivir es mas complejo, es crear los significados de ser con los que organizar la cotidianidad experimentada en experiencia cotidiana de significados. La vida posibilita la existencia, pues los significados cercan la cotidianidad con fronteras de sentido, dentro de los que el transcurrir de las experiencias diversas se interpreta dentro de marcos valorativos sólidos y seguros, comprensibles por su contenido material: la identidad con la realidad histórica dentro la que se gestan. Una modificación en esta produce una distorsión en aquel, esto es justamente lo que está sucediendo el momento actual de colapso del sistema mundo capitalista.
Los significados que daban coherencia de la existencia dentro la sociedad capitalista, progresivamente se desarticulan como efecto de su colapso; la existencia se vuelve así una vivencia monótona que no permite la irrupción de momentos de vida, pues la valoración de lo diverso sólo se da a través de la frágil reiteración de espacios acostumbrados y tiempos rutinarios. La existencia se ha vuelto tan gris como el futuro de la sociedad donde transcurre, pues no hay exigencia de creación de significados.
La identidad de un sujeto emerge de los sentidos de ser que vinculados, sintéticamente, por su inteligencia, constituyen una forma de ser o existir reconocible, el sujeto es en tanto configure una identidad reconocible desde la incidencia heterárquica de sentidos en su conducta y valoración de la cotidianidad, la identidad entonces se constituye por relaciones sintéticas heterárquicas. La estabilidad de esas relaciones sintéticas depende de la solides material en las condiciones sociales de experiencia intersubjetiva. Las rupturas y desarticulaciones en esas condiciones de la cotidianidad vacían de contenido los significados de ser, vaciando entonces su identidad, y desembocando en una vivencia incomprensible; el sujeto se dispersa entre situaciones, volviéndose tan incomprensible para sí, como para nosotros. La existencia cae en desasosiego y lo lleva al anonimato, la soledad le asalta el alma, la muerte se transforma en la única esperanza urgida de ser abrasada.
Las relaciones sintéticas identitarias se constituyen por exigencias de sociabilidad, por ello la persona ante la ausencia de identidad se transforma en un ermitaño que vive en ciudad, no conoce siquiera el aspecto de sus vecinos, y en el peor de los casos, se transforma en verdugo de quienes, amándolo, aun lo rodean. El reconocimiento de la humanidad en el otro se torna borroso y esporádico, siendo un privilegio que se le asigna.
La crisis en las condiciones materiales de cotidianidad hacen irreconocibles los significados identitarios que se vivencian, la existencia se disocia de la posibilidad de visibilizar espacios y tiempos de vida; en el colapso el sistema mundo capitalista la cotidianidad incomprensible destierra del alma humana la pasión por reformarla, el ser humano se criminaliza, judicializando a los otros con mas desprecio, represión y anonimato.
Mientras que la existencia oscila entre el placer y el desprecio, la vida tan sólo gira en torno a la pasión intensa de crear y reorganizar el mundo, nada tan lejano a la vida como lo monótono, gris o desapasionado que nos encierra dentro los límites de la desesperanza, nada tan lejano a la vida como este momento de colapso donde las únicas experiencias posibles son la frustración y el desasosiego. Por ello no debe extrañar que la cotidianidad del colapso nos golpee el rostro con continuos asesinatos y manifestaciones de deseos apocalípticos de muerte, ya que la muerte es la única expectativa a la que se puede aferrar aquel cuya existencia se ha vaciado de vida.
El paradigma del realismo valorativo nos hizo perder el valor de la utopía, y hoy solo, solo ella nos puede devolver la vida con mayor pasión que nunca, comprometiéndonos con la construcción, en el Abya Yala, de un nuevo momento de humanismo absoluto de la historia: el socialismo, la utopía de un mundo decente que favorezca una vida digna.

Heredia, 2010.


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